Parecía un diluvio
al caer
se abrían puertas en el suelo
Casualidad
o delicia.
Justo cuando llegó el chofer se nos subió el pomo a la cara,
abandonamos el tronco, a forma de plancha barnizada
dejándonos a flote con los otros
solos,
pero rodeados de losas:
nuestros queridos menhires
protectores
Diluviar es fácil, me enseñó Patátes el mentor. Me introdujo en una clase
con miles de herramientas, escaleras a medio acabar e ilusión. Tenía ganas de
aprender: si puedo ser honesto, puedo serlo todo. ¿Franqueza? Él decía que no.
No fue mi proveedor para siempre, y me dejó claro desde el principio que la
estatura de un sueño le impide pasar por el arco de entrada
y ser admitido a una atracción peligrosa. Ninguna de esas cosas.
Pero ser un microbio tenía sus sutiles coercios. Sacarte de apuros rodeado
de metralletas
casarte con la portera enmascarada. Ella saluda a los vecinos,
pero no se deja llover por el guano. Es límpida, hecha de lana: una portera
ejemplar
sustituirla me cuesta, pero
aquí no rodamos a base de empujones. Necesitamos restaurar el patio,
construir un canal de dimensiones sagradas por el que navegarán
barcos-restaurante
por las noches
se oyen felices gritos de gala.
Pasó mucho rato antes de que llegara mi primo. Hacía tiempo que lo esperaba
bajo un cocotero del paseo central. Cada minuto me bajaba las gafas de sol para
atrapar un rastro de sus proporciones corporales. Era, y sigue siendo, un
magnífico Neptuniano. ¡Digo esto porque es que lo parece, eh! Parece salido de
una sci-fi: camisa futurista, rasgos barridos por el sol sobre unas vibraciones
que, a una ritmo suficientemente alto, entran en frecuencia con mis ojos y
parecen un rostro animal. Es humano, o al menos persona, y me tiene cautivado.
Es mi primo, mi chingado.
Te lo dedico porque sé que me escucharás desde el final del tropicano. El suelo
son baldosas sesenteras, descoloradas. Las casas, un álbum de años cansados,
colores calados por la lluvia de oleaje sabor. Voces, sal a recibirlas; control
del cuerpo, botas pesadas y atrofio de los pies. Espero aquí con mi nuevo look,
encima de un periódico lamentable, y acariciando el viento como símbolo de
Gracias por sus servicios en el pasado.
"¡Tango, qué tal!"
"Ay Casamero...." lo abracé. "No sé ni cómo hablarte tras
tantos años. Estás igualito. Qué bien."
"Eso debería decirlo yo. Creo. Creo que eso debería decirlo yo, ¿no?
Estás clavado a nuestro amigo común, el que ya no recuerdo..."
"Ah, ese ese. Así, creo que así es mejor: si lo hubiese dicho yo
podríamos haber quedado a otra hora, ¡ja ja!"
"Venga ya.." con una fuerte mano en el hombro, anduvimos por el paseo
marítimo como quien come cangrejo asado en una terraza: sin esfuerzo, y
pequeñas risas glotonas en dirección al puerto.
Tu siempre estuviste allí cuando se encendía una nueva línea de fuego en mi
vida. Me dabas permiso para abandonarlo todo y seguir algo que, con certeza,
iba a ramificarse de nuevo hacia otro lado. Y así para siempre, sin nunca
conseguir nada. Y eso a mí me abrió mucho más: a la belleza de lo empozado, a
bloquear señales, a significar lo que pueda con un movimiento de la mano y
girar la cara al vuelo. Me casaste con un señor gordo de 40 años, y me diste la
buena vida. Eres a quien debo respetar, hasta que revienten tus órganos y te
pueda peinar consolidadamente sin sueño y con miles de punzas rascándote el
cuello. Eres el que me ha llevado a quien soy, y me ha lavado el cerebro para
bien. Quiero más propaganda, más ideología mal llevada, quiero más tonterías
peligrosas trepanando mis cientos de solapas. Intentos de escapar han sido
aniquilados, y todo gracias a mi peregrino salado. Sálvame una vez más. No
quiero esforzarme, ni llamar al punto de información, ni enviar correos, ni
salir, ni higiene.
Tengo que agradecértelo una vez más. De corazón. Eres mi shurmano. Me has
sacado del peligro y lanzado a una nueva cama de brasas.
Es dolor entero, dorado y cubierto de calzas sucias. Ceñido, me siento
imbuido por un olor paralítico.
Cálmate. No quiero echar a gritar por nada.
"Bueno, y ¿a dónde vamos?"
"A bailar, hermano."
"Primo."
"A bailar por el bosque de peleas y voces. ¡Viva la ciudad! Tanto
coche, tanto melón podrido por el suelo. ¡Bailemos juntos!"
"Es un poco inapropiado, primo. Hace años que no nos vemos. Estás
sudado. No son maneras." ¡Palabras de un ángel! Yo contesté:
"Zúmbate esa, hombre. Vamos a un PUB. Lo pasaremos bien. Hay ambiente.
Hay oxígeno. Turistas, gafas de sol como las mías por todos lados. Las puedes
recoger prácticamente gratis si llamas. Chicas plateadas, pesan como un tanque
de césped fresco recién cortado, pero tienen la apariencia del anuncio con
gorra que lo cortó ya para empezar. Cada casa así tiene un paseo marítimo
propio, pero todos van, fractalmente, dividiéndose de una forma mareante hasta
llegar a unas gotitas de pis que nadie podría llamar playa. Por eso, no hace
falta que nos quedemos por aquí. ¡Yo mismo tengo jardín! Talado esta mañana por
tres mujeres-correa. ¡Ríete de ellas si quieres! Solo vienen los Martes. Son,
usualmente, grandes investigadoras de protones. Tiran serrín al mar como
modo
de supervivencia. Proponme un vals, hermano."
"Primo, me voy a casa. Estoy cansado."
"¡La playa, el espanto!"
"Cansado, cansado. No vengas más, van a salirte caras."
"Bandido, es un parqué Thai. Golpeé el suelo, y al suelo le salió un
morado."
Ya se había ido. Glanceé su figura retornando esbelta por las infinitas
divisiones del marítimo, sin mirar atrás ni dejarse nada en la nevera. Los
tomates, cebollino...lo tengo todo. Mejor me preparo un jugo: aquí no queda
nada. La gala, los puertos cierran de noche. Todo tiene barreras nocturnas,
como una tienda. El camino de montaña, la arena,
unos trozos de la plaza: todo
cierra de noche.
Vuelvo, me entrometo en un jugo: lo molesto, a cambio de unas
cadenas en el pecho, los pies y las manos.
Átame, jugo de Contra: átame yo solo sin collar sin la llave.




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