como filetes de los caros
uno a uno
un abanico invertido, flotando bajo mi boca.
Se me enciende el pelaje
de colores verdes y liliáceos.
Tienen todas las de ganar
contra el doble corsé
que le estruja el vientre a mi madre
antes de que naciera.
Siempre han sido así de grandes:
mis cojones alegran la vista.
Tienen tonos de rondar por casa,
y cueros duros como lanzas de muestra
en un museo de guerras antiguas.
Siempre igual, siempre antiguas.
Vuelo por las tardes hasta las tiendas.
No para comprar, sino para sentirme como en casa
en medio de toda esa chatarra
lloriqueando al azar por el bosque pétreo,
mientras el portero lo lava con algodón
y pequeños, pero límpidos, escupitajos de viejo.
Sistemáticamente me miro al culo, con la ayuda de un artilugio
que apoya la mente como una ducha cantina. Lavados de culo
me enduchan duramente como gemidos. Qué dolor, madre mía.
Es peor cuando cantas
por encima del ruido maquinario
y te elevas hasta que ni un espejo te dañaría.
Ni un ensalsado postre de encías.
Puto viejo dentudo.
Siempre antiguo, siempre al fin.
No hay comentarios:
Publicar un comentario