sábado, 23 de marzo de 2013

Veranito Fuerte

Se está acabando la guasa. Guárdala mientras puedas.
Salí a la calle y me encontré a tu guardián paseando. Saludé. Y me dijo:
"Sácate el impulso, chicote. Esto ya no va a más". Con las manos en los bolsillos me miró de nuevo. Nuevamente me dijo: "Chico, esto ya es el final. ¡Te lo digo! Ni la sandía, ni la fiestecita. Aquí ya no hay más..."
Pasaban miles y miles de partículas de polvo por el aire. Las miraba y me dolía.
"¿Estás aquí por mucho rato más ahora?" Le pregunté.
"Ya no sé, es un poco la desgracia que me sube, ya ves..." Pero esto no acabó aquí. Era un día grisísimo, pero las nubes volvían de viaje por el callejón secreto que tienen los duendes del cielo. Se lo pasan bien, los malvados.
"Chico...¿eres un chico, no? Escúchame: te quedan días, tan solo días con los que hacer algo bonito. Hazlo por mí, al menos." No te conozco, ¡señor!
"Dime tu nombre, babúno. Yo me llamo Chambília."
"Yo me llamo Castrudo, señor"
"Eres un vinculante serio, por lo que veo, y por lo que oigo de ti. ¿tienes tres pavos?"
Le di el dinero al viejecito y me fui. Ya no quería nada de ese entorno grosero...

Bajó la luz pero subieron los ánimos. Me senté a almorzar en una verja suertuda. Muy malas migas me dio todo eso, ¡pero qué bien me sentía! Calorcito gris por los cielos, y un infante premonitorio me daba el mensaje secundo: aquí llega algo delicioso.
Pero, ¿por qué?
Eso es lo que me bebo cada día, un juguito antes de ir a dormir. Si duermo me quejo toda la noche de las mantas y los pies que me duelen, pero dormir dormir ya no sé si duermo.
Tengo que salir de esta calle para entrar en la Main Plaza, Welcome Plaza. El mundo va así, ya lo veo, y lo oigo aún gritar por las habichuelas. Grita, grita: aquí no hay tu postrada habichuela. ¡ya me la darás, la mano del pantano! Ya sé, ya sé...

Sin quejarme, sin levantarme si quiera me desplacé a base de flotes hasta la orilla del casalote antiguo. Las olas me frotaban con masajes tailandeses y yo gemía de fandango. Calipsos recorrían mis nueve pieles, una detrás de otra. Sin el gris ese del pasillito, no sabría qué hacer. Es un día luminoso, pero las aves vuelan detrás de todo ¡¡lentorraaas!!

"Así que vuelves a la escuela, ¿no?"
.....no contesté de inmediato. Pero al final así: "Mira...la escuela me sirve, me dice dos cositas y yo las escucho"
"¡Venga ya!" No me grite, señor. "¡Venga ya, es usted un chiquillo aún! Vete al mercado, cómprate unos vestidos. Esto ya no va a más, te lo dije colega".
No sé muy bien a qué juega "explíqueme las normas de su juego"
"De acuerdo, allá va: sal a la calle, enciérrate dentro de un abrigo, y ábrete paso por el gentío hasta llegar a la orilla"
"¡Ya estoy en la orilla, gordinflón!"
Qué aires, qué aires se lleva usted. "Venga chico, no se queje. Aquí hay más de una orilla y lo sabes."
Anda...."anda, pues....."
"Venga chicho, ponte las botas. Nos vamos al mar"

Después de unas horas llegué a la Platsia Di Roma. La Welcome Platcha. Una placita calmada, con geranios en los bancos, y abuelitas sirviendo cafés calmados. Desde allí no se oían los coches, y me senté con dos grandes suspiros de cálido mango. "Un café di mango, por favor" vaya viejecitas, corretean por el bar como comadrejas y me sirven ¡deliciosos! cafés.

En fin. Creo que me marcho a beber. Aquí no pasa nada ya. El tiempo atmosférico y las sucias pantallas de vidrio que tapan réplicas de mi madre. Sin forma alguna de rescatar a nadie, mejor me voy a la cama. Llámenme luego, cochinas. Voy a mentirme hasta el codo.

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