lunes, 25 de marzo de 2013

Chinderela

¡Pasarela!
Chinderela.

Buenos aires, cogemos el avión hacia Francia.
Desde luego, dos contornos desdibujados
me dicen cosas sin valor,
pero las podría trabar en la puerta,
y así salir cuando quiera
en cualquier momento
por esa guarra ranura.

Cálmate, no es Chinderela,
es otra
una más capaz de sacarte información de los hoyos
capilares
y reintroducírtela
por tubos sagrados. Ojos, mordidos por dardos.

Caen
cilindros al suelo, con sabores pesados
que colorean el mando
y dificultan el control del trato.
¿Saldrá bien este sondeo?
Es decisivo, te dirá mucho más del pueblo
que tus padres
o el alcalde mismo,
o las centrales de televisión ochentera
aún vigentes hoy en día.

Sin saltarte ni un masaje,
visitas diligentemente el salón cada Sábado.
El salón, sus paredes se van pelando
como piel vieja
de autobús quemado. Un verano asfixiante te ha llamado
pero sin contestador
ni aparatos
su grabación ha sido un infierno besado, lamido por
bueno
por mí mismo.

Quiero entrar en tu cama
Chinderela
pero no quiero que estés tu allí;
hacerte el amor sería demasiado complicado
si estuvieras tu también allí.
¡Deja que me concentre!

Viajando al norte he encontrado varios puebluchos remilgados
peluches de estuario
sin vergüenzas milenarios,
han pasado toda la vida
cortándote el paso, intentando
mandarte a trote alto.

Un trote bien alto.
Chinderela, mírame:
esos ojos, esos brazos...
No sé quién eres
pero
sé tus manos
sé tus logros, algo sé
de todo este encanto.
Ven, contrataremos a un profesional
que nos masturbe a la vez.
Podremos entonces decir
que nuestro amor es blando.

Nos pasamos el día blando.

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