¿Vas a salir? Cómprame unas flores. Quiero
flores. Geranios, unos geranios que me alegren la vista.
/ En el tallo de un geranio puedo ver el
cuerpo de una mujer, sí, una mujer de dimensiones reducidísimas.
Generalmente, están bañadas por
una luz misteriosa como si fueran diosas a punto de nacer. Por supuesto no
tengo ni idea del aspecto que tiene una diosa justo antes de nacer, de hecho,
no creo que existan esta clase de seres, pero si tuviesen que tener algún
aspecto sin duda sería este.
Una mujer bañada en luz misteriosa/
¡Pum!
No cierres la puerta de esa forma. No la
cierres así, joder. Haces mucho ruido, mucho ruido. ¿Pero a quién demonios
estoy hablando? Se ha ido. No puedo quejarme. Ella no está, se fue. Cerró
bruscamente la puerta y se fue. No puede oírme. Y ahora estoy solo en el sofá.
Este sofá lo encontramos en la calle. Estaba sucio. Bueno, sigue sucio. Pero en
cualquier caso no puedo quejarme al vacío. ¡No pegues estos portazos, por
favor! ¡Vamos! Ella se ha ido hace ya cinco minutos, no grites, no quiero más
ruido.
Cloc cloc.
Fiuuuh. Burub burub rub.
Aún puedo disfrutar. Es un té delicioso. Un té
verde que compré por Internet. Té japonés. Paz. Paz. Paz. Paz. Paz. Y lo que
digo cinco veces es verdad.
No quiero almas solitarias. Tan solo un río.
Estoy solo. Eso no cambia. Hay muchas cosas
que cambian. Pero eso nunca. Este salón es muy grande. Pienso que es horrible
estar solo en un salón tan grande.
Poco a poco me acerco. Me acerco cada vez más
a mi mismo. Pero eso no es posible. Eso nunca es posible. Es horrible y en
ocasiones fabuloso.
/ De fábula. No es nada. Quería pronunciar
estas palabras. “De fábula”. Cuando digo de fábula me da la impresión de que
lanzo con mis labios a un pequeño hombrecillo (de dimensiones reducidísimas) al
aire y este hace varios tirabuzones, después se agarra a uno de esos chismes de
equilibrista que nunca he sabido como se llaman y me guiña un ojo. Colores:
rojo, verde y amarillo. /
Es fabuloso y en ocasiones posible. Pero qué
he dicho. Otra vez. ¡Por que no me callaré nunca! No paro de contradecirme,
fabuloso, horrible.
He callado y he callado más aún.
Pero dónde están los diccionarios de abeja.
Donde está el surtido Cuétara de mieles que tanto tiempo he estado esperando.
La luz misteriosa que desprenden un par de geranios. O uno solo.
Parece que el día se acorta y se alarga a su
antojo. Se acerca, se aleja. Se viste y se desviste de sol y de luna. Hoy, el
día, que también es la noche, juega conmigo al monopoly. He robado sus bancos y
saqueado sus propiedades. He hecho trampa hasta en los minutos de sus
necesidades más primarias. Pero hoy, como siempre, el día me gana la partida
otra vez. Y creo que no podré dormir en toda la noche.
Pero aún no es de noche. Entra la luz del
atardecer por la ventana. Yo sigo aposentado en mi sofá callejero. Mis
zapatillas son de cuadros rojos y negros. Son viejas. Huelen un poco mal si te
acercas mucho. No digo que vaya oliendo la casa a zapatilla usada, no. Es un
olor débil.
Aún sigo esperando esas flores. Ya no estoy
solo. Un hombre muy bien vestido ha aparecido en mi salón. Apareció de la nada
y ahí sigue. No dice absolutamente nada. Se limita a estar de pie y a respirar
suavemente. Tiene el pelo negro peinado hacia atrás y los ojos oscuros. Tiene
peinadas hasta las cejas. / Le he preguntado donde están las joyas pero no
suelta prenda. Menudo tipejo. Me esta empezando a mosquear./
¡Quiero romero y salvia! Te prepararé un plato
al que ni siquiera tú podrás resistirte.
El hombre sigue ahí. Llevo sin dormir dos
días. Y el hombre sigue de pie, bien vestido y sin decir nada. No parece muy
cansado. Tal vez una débil sombra
bajo los ojos. O puede que se haya encorvado ligeramente. Aunque sinceramente
diría que es posible que la vista me falle, que me traicione sin pedirme
permiso.
/”Me puedes traicionar… pero pídeme permiso
antes”. Es el colmo del capricho. Es romper en pedazos el famoso refrán: “Quién
avisa no es traidor”.
Has vuelto. No me has traído flores. Pero te
has traído a ti que es mucho más importante.
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