Entré en una tienda de electrodomésticos
pidiendo por un tal Santiago. Nadie supo responderme de un forma decente. Así
que di media vuelta y luego di otra media vuelta y volví a entrar haciendo la
misma pregunta. Esta vez no había nadie atendiendo en la tienda, entonces pensé
que habían sido todos abducidos por extraterrestres enanos que vivían sobre las
bombillas del establecimiento. O bien se habían ido a la trastienda, pero
realmente no entendía como podía haber una trastienda en una tienda de electrodomésticos.
Eso es imposible, no hay trastiendas en las tiendas de electrodomésticos.
Entonces un turbio pensamiento enturbió mi cabezota. Uno de esos pensamientos
que no se suelen decir nunca. El pensamiento en cuestión era el siguiente: los
dependientes de la tienda se habian desintegrado por la simple razón de que
realmente deseaban hacerlo. ¿Quién querría trabajar en una tienda de lavadoras?
¿por dinero? En este mundo nadie hace nada por dinero. Nadie quiere un yate ni
un helicóptero ni una señora que limpie la casa y haga la comida.
Definitivamente se habían desintegrado. Encontré dos montoncillos de partículas
micróscopicas en el suelo. y otro sobre una lavadora de alta calidad. La
realidad no pudo soportar a alguien preguntando por Santiago dos veces en un
lugar donde nadie se llamaba Santiago.
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