martes, 11 de septiembre de 2012

Secretitos en la paellera

Mi idolatrado canibalismo.

Lionel Messi se come a dos personas del público tras marcar un gol. La alegría le propuso un jueguecito canibal y él aceptó. "No sabíamos que hacer, era Messi,era nuestro ídolo" dice un expectador ante la pregunta de por qué no le paró nadie, incluso cuando arremetió contra una segunda persona. "Pasó de héroe a villano en dos bocaos".

Túpido velo. Humo.
Una mujer en una cafetería se enciende un pitillo y se esconde en el humo de su propio cigarro.
"Lo jodido fue sacar y encender el  "piti" pero luego ya..."

El troleo del cuerpo.
Estoy sentado, siento ganas de hacer popó, caca. Me levanto, ya no tengo ganas, me siento, vuelvo a tener ganas. Me levanto, otra vez no, pero aún así voy al baño. Me siento en el váter pero a pesar de estar sentado, no puedo sacar de mí ni el más triste zurullito. Cacatroll.

Saliva.
Un hombre muere ahogado en su propia saliva. Estaba preparándose la cena cuando le sorprendió el fenómeno salival.
Un hombre pakistaní llena una lata de Nestea con su propia saliva e intenta venderla en el metro.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Lo que no me gusta de Miguel Noguera

He formulado las palabras mágicas. Sin esto ya no vamos a ningun lado. Que le den cada día un espacio en los telediarios de nuestra queridísima televisión pública... Nominado al Oscar al mejor actor y al mejor director! Él! Que no ha dirigido nada en su vida! Hasta sus libros estan mal dirigidos. Ya se sabe, farlopero con dinero farlopero al perchero. Y esto resume la vida de este señor. Ha cegado a la humanidad con farlopa! Vaya mandibula tiene Miguel. Y seguro que luego lo veremos en su casita en Ibiza tomándose un daiquiri de fresa sonriendo y saludando con malicia. Cuéntame otra! All the flavours are in the soap!! Golden colour!! En tu honor y en el suyo.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Miedo al cirujano

Ruta de comer bacalao. Hay un médico que me mira con un ojo. Solo con uno. Un solo ojo. Pero todo el ojo es para mí. Con ese ojo analiza todo mi cuerpo: musculatura, color del pelo y de los ojos, tipo de piel, huesos... Esta ahí, en la terraza de ese bar. Aún no se ha sentado. Se está quitando la chaqueta. ¡Está continuamente quitándose la chaqueta pero no se la quita nunca!. Y sé que es médico. Porque lo he visto en el hospital. Es un cirujano muy habilidoso. Tiene esos dedos largos y nudosos de cirujano que tanto me ponen. Tiene la mirada glaciar del mejor cirujano. Le he visto manejar los instrumentos más extraños. Esas herramientas que solo el buen cirujano sabe para que sirven. Después de media hora se quita la chaqueta y se sienta. Habla con sus amigos con un solo ojo. Porque el otro sigue fijo en mí. Gesticula mucho con las manos y los brazos. En una de las múltiples gesticulaciones uno de los dedos de su mano izquierda se tuerce hasta que adquiere una posición antinatural, rota y sobretodo inquietante: el dedo torcido indica una dirección. El dedo sin ninguna duda me señala a mí. Como si no tuviera suficiente con mirarme continuamente con su ojo casi fuera de órbita, como si no tuviera suficiente con ese profundo escrutamiento de mi ser. El dedo parcialmente dislocado produce un efecto en mí todavía peor que el del ojaco. No se qué hacer. No sucede nada. Miro a ambos lados de la calle. Veo a gente pasear. Mujeres madres, con sus hijos y bolsas de la compra. La calle está llena de situaciones corrientes. En la esquina, una puta susurra palabras incomprensibles. De la panadería salen mujeres mayores vestidas de colores apagados con barras de pan bajo el brazo. No, no puede ser. Periódicos en el asfalto. Períodicos tirados en el asfalto y un hombre: es un vagabundo sucio y feo. Tiene una barba de homeless preciosa y un sombrero. Para mí eso es todo lo que tiene. Observo los árboles de la calle. Y luego miro al homeless. Los arboles tienen hojas secas en sus ramas. Esas hojas agujerean el cielo. Esas hojas gritan algo inaudible, hacia arriba. Las ondas salen de las hojas en múltiples direcciones como si fueran gotas de agua. Pero siempre hacia arriba. Y luego miro al homeless que se acomoda. Y luego miro al médico. Pero el médico ya no está. La mesa está vacía. Y me pregunto que dirán esos árboles. Me pregunto si solo yo sé que gritan. Y por un momento siento que estoy sobre esos arboles oyendo sus gritos. Y son gritos de alegría. No hay ni una nota oscura en esos berridos. E inclino la cabeza hacia atrás y observo las nubes. Las miro como si fueran diosas. Porque lo son. Y ellas son felices. Ahora comprendo que he perdido el tiempo mirando al médico ese. Y por supuesto que, en ningún caso, quería hacerme daño.