domingo, 2 de septiembre de 2012

Miedo al cirujano

Ruta de comer bacalao. Hay un médico que me mira con un ojo. Solo con uno. Un solo ojo. Pero todo el ojo es para mí. Con ese ojo analiza todo mi cuerpo: musculatura, color del pelo y de los ojos, tipo de piel, huesos... Esta ahí, en la terraza de ese bar. Aún no se ha sentado. Se está quitando la chaqueta. ¡Está continuamente quitándose la chaqueta pero no se la quita nunca!. Y sé que es médico. Porque lo he visto en el hospital. Es un cirujano muy habilidoso. Tiene esos dedos largos y nudosos de cirujano que tanto me ponen. Tiene la mirada glaciar del mejor cirujano. Le he visto manejar los instrumentos más extraños. Esas herramientas que solo el buen cirujano sabe para que sirven. Después de media hora se quita la chaqueta y se sienta. Habla con sus amigos con un solo ojo. Porque el otro sigue fijo en mí. Gesticula mucho con las manos y los brazos. En una de las múltiples gesticulaciones uno de los dedos de su mano izquierda se tuerce hasta que adquiere una posición antinatural, rota y sobretodo inquietante: el dedo torcido indica una dirección. El dedo sin ninguna duda me señala a mí. Como si no tuviera suficiente con mirarme continuamente con su ojo casi fuera de órbita, como si no tuviera suficiente con ese profundo escrutamiento de mi ser. El dedo parcialmente dislocado produce un efecto en mí todavía peor que el del ojaco. No se qué hacer. No sucede nada. Miro a ambos lados de la calle. Veo a gente pasear. Mujeres madres, con sus hijos y bolsas de la compra. La calle está llena de situaciones corrientes. En la esquina, una puta susurra palabras incomprensibles. De la panadería salen mujeres mayores vestidas de colores apagados con barras de pan bajo el brazo. No, no puede ser. Periódicos en el asfalto. Períodicos tirados en el asfalto y un hombre: es un vagabundo sucio y feo. Tiene una barba de homeless preciosa y un sombrero. Para mí eso es todo lo que tiene. Observo los árboles de la calle. Y luego miro al homeless. Los arboles tienen hojas secas en sus ramas. Esas hojas agujerean el cielo. Esas hojas gritan algo inaudible, hacia arriba. Las ondas salen de las hojas en múltiples direcciones como si fueran gotas de agua. Pero siempre hacia arriba. Y luego miro al homeless que se acomoda. Y luego miro al médico. Pero el médico ya no está. La mesa está vacía. Y me pregunto que dirán esos árboles. Me pregunto si solo yo sé que gritan. Y por un momento siento que estoy sobre esos arboles oyendo sus gritos. Y son gritos de alegría. No hay ni una nota oscura en esos berridos. E inclino la cabeza hacia atrás y observo las nubes. Las miro como si fueran diosas. Porque lo son. Y ellas son felices. Ahora comprendo que he perdido el tiempo mirando al médico ese. Y por supuesto que, en ningún caso, quería hacerme daño.

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