Cataratas de hoja líquida suturan la sala por los seis lados. A modo de
fuente, el pedestal interior sigue conmoviendo la soledad reseca
que abarca todo el suelo, ya encadenado por el enredo de tallos
translúcidos. Estas cortinas ceden
con un grito, y la habitación gira tres grados
se descubre un muslo vacío que había quedado atascado
entran por ahí
diecinueve almendras
y a cambio, salen de esa juntura gotas del tamaño de una cadera
de dos caderas, una enfrente de la otra
formando
un bol de hueso rosa.
Aprietan una tos perfumada hasta que ésta cae
pero mantienen hueco el cuello,
y ya reseco, cesar
hasta que no mana fuente verde
y hallar en la clavícula del chorro, sereno y balbuceando de camino al
apago,
un señuelo
angosto,
se calienta y hierve el agujero.
Vapor selecto te imbuye y apareces: un lingote oscuro de ojos naranjas
que cubres todo el muelle, para que no desembarque esta sala
empieza a gotear maldiciones mercurio,
salgo
veo trazos abisales
me llevan,
me entonan y espero en un manglar
a que se me sequen las piernas.
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