domingo, 12 de mayo de 2013

Salamandra Welcome

Samuela me trae dos hoteles empapelados de neón
de luz tan caliente que ella, como si nada, se quema las manos
me dice: "aquí tiene". Tuve, aquí. Me sonrojé con su delicadeza.

De los hoteles salen aves, me fijo
un palomar asturiano, sin músculos en las alas, palomas de poca gimnasia
siendo pateadas ventana abajo por hiedra de hotel viejo
plantas que pretender ser piernas, por el bien de sus hijos y su imagen ante el mundo casado.

Dispuesto ante tal festín, me froté las manos con un privado susurro a mis espaldas,
sentí el banquete como si montara a caballo, como un jinete salamandra
quinceañero pero sordo, saltando campos menguantes que dejan de ser verdes y pasan
a ser moscas, por las que sigues saltando tranquilo
pero que te impiden: picnics, juegos en grupo
y demás porquerías. Mejor seguir saltando por la espalda peluda de una enorme mosca. Sesos a la plancha, me vino a la mente ese sorbete. Desde pequeño había jugueteado con el prejuicio de
poder subirme a un hotel
tierno, deshacerse en la boca
palabras de mantequilla que ya no vale la pena decir porque me las trago
feliz, me trago todo lo que tengo que decir por pena a malgastar la comida
y en cambio
saco todo ese silbido de golpe, un hilo espía que ejercita de boca en boca
silbido, santuario pero cerrado por venta
reproches de hilo en hilo cojeando hasta su meta reprochada
un jabón con cuernos que mi madre aprecia
mucho, mucho más que la neblina
incluso cuando ésta
es ropa gratis
vaporizada.

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