Tienes sal en las ranuras de la boca. ¿Has estado jugueteando por el museo otra vez? Las paredes son gustosas, pero no llevan ninguno de los condimentos que tú buscas. Pateas el suelo y levantas una ola de mariquitillas enfurecidas, sus capas van de rojo a lila en cuestión de segundos. Hay cuestiones que nunca se resuelven y quedan plagadas, mordidas dentro de los estómagos de estos pequeños insectos. Tienen pulmones, esfínter. Respiran, respiran, inhalan hondo y fuerte y te rompen la cara, te succionan los dientes. No estás en casa, pero te los devuelven. Hay mil paquetitos por la cama. Ahora tienes mil dientes, listos para desenfundar y salir al nivel de un sobresaliente.
Horneadas de saliva. La salvia se coagula, de un tono opáceo y textura inverosímil. Se parece mucho a mis tíos, todos juntos en una bola translúcida. Me imagino un saludo, un saludo que nunca entenderías. No lo sacaré a la luz. Lo devolveré a la luz del día, se lo devolveré sin sacarlo. Maniobraré el resultado, congelaré las piernas de toda la plaza. Corretearé por sus costados impregnados de inmensa suerte, suerte perdida y asquerosa. A ver, huele mal, pero tener suerte siempre va bien.
¿Luego? Lo dejaré, recién imaginado, calentito, lleno de sonidos pre-natales y castigados de por vida al fin del pasillo. Lo dejaré en ese pasillo. Espero que lo saques y le apuñales el maleficio auto-impuesto, bébetelo, escúpelo como gasolina. No hace falta beber en la gasolinera si sólo vas a arrancar, volar por la selva en espiral, escorzar la gata y que grite sin días. Se quedó plasmada en mi sentencia, y el alivio suspiré que me quitó las ganas de morir. Al irse eso, su plasmo me ayudó a escalar la fontanela. Salí del mandato, y por fin, por fin soy un meneo, con casco y slippas, fuerte pero amable, y voy a darte toda una charla a bocines mientras saltamos las cuerdas yacen muertas escarmentadas. Menos mal. Les daba mucha pereza, seguro que mienten más de lo que creen. Saludos.
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