martes, 7 de mayo de 2013

Me entiendo con cangrejos

Por fin entré en tu guarida y saboreé las paredes. Era una guarida de verdad, en la cueva de una roca, y las paredes también de roca. Saboreé y me jodí la lengua. Corrí sangriento por el túnel hasta la cúpula, tan brillante de golpe, un éxtasi interior. Todo esto sólido, real y vívido. Esa gran cúpula parecía un sombrero. ¡Sí, sí! Un sombrerín, ya ves. Fue todo lo que me esperaba: sillas de roca molida, Carvas de insignia como cuadros manteca, por las paredes, untados por el techo, clavados a la silla como ramos. Te di dos golpes por la solapa y caíste al bueno de Joe. Lo mataste.

Salida ingente. Desaparecí por esa ranurita, a otro mundo, esta vez de plata y moho. El moho no tiene nada sobre lo que agarrarse y siempre acaba resbalando de la plata por su propio peso. La plata sigue reluciente, con montones de verde y naranja mugriento por el patio.

Me miro a mis anchas. No tengo perder por la masa. Crece, crece y suelta peditos de pan. Masa crece a ser crujiente, y habla. Sabe de malas, y conoce todos puntos débiles. No le gusta soler jugar, pero suele jugar a la forma blanda, crupisqueando sanantonios por aquí y por allá. Le mola. Es bastante borrachín pinguero. ¡Suelta ese doble! ¡Ole! ¡Castillo manzano!

Unas palmas y se arregla. Las palmitas me dejan en bloque. Me entronco, y chupo lentamente todo lo que huela a sofá. Lentamente, lo dejo húmedo y mitad pequeño. No hay sentarse, más aquí. Voltereta y patrás. Siguiente cordero, a la brasa. Como me gusta a mí. Una excursión jugosa y llena.

No hay comentarios:

Publicar un comentario