Por fin entré en tu guarida y saboreé las paredes. Era una guarida de
verdad, en la cueva de una roca, y las paredes también de roca. Saboreé y me
jodí la lengua. Corrí sangriento por el túnel hasta la cúpula, tan brillante de
golpe, un éxtasi interior. Todo esto sólido, real y vívido. Esa gran cúpula
parecía un sombrero. ¡Sí, sí! Un sombrerín, ya ves. Fue todo lo que me
esperaba: sillas de roca molida, Carvas de insignia como cuadros manteca, por
las paredes, untados por el techo, clavados a la silla como ramos. Te di dos
golpes por la solapa y caíste al bueno de Joe. Lo mataste.
Salida ingente. Desaparecí por esa ranurita, a otro mundo, esta vez de plata
y moho. El moho no tiene nada sobre lo que agarrarse y siempre acaba resbalando
de la plata por su propio peso. La plata sigue reluciente, con montones de
verde y naranja mugriento por el patio.
Me miro a mis anchas. No tengo perder por la masa. Crece, crece y suelta
peditos de pan. Masa crece a ser crujiente, y habla. Sabe de malas, y conoce
todos puntos débiles. No le gusta soler jugar, pero suele jugar a la forma
blanda, crupisqueando sanantonios por aquí y por allá. Le mola. Es bastante borrachín
pinguero. ¡Suelta ese doble! ¡Ole! ¡Castillo manzano!
Unas palmas y se arregla. Las palmitas me dejan en bloque. Me entronco, y
chupo lentamente todo lo que huela a sofá. Lentamente, lo dejo húmedo y mitad
pequeño. No hay sentarse, más aquí. Voltereta y patrás. Siguiente cordero, a la
brasa. Como me gusta a mí. Una excursión jugosa y llena.
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