Por alguna razón me desperté de la siesta. De golpe me encontré con los
dedos en el ombligo, buscando pelusilla. Sin entenderlo del todo me
acerqué la bolita gris a los ojos.
Era perféctamente esférica.
¿De qué material estaba hecha? ¿Fragmentos de ropa, o símplemente
fragmentos? Curioso, fui a hurgar un poco más.
Al parecer eso era
todo; la bolita se había acomodado en su trono, yo la había destronado y
ahora, ¿qué? Busqué un poco más. Entre los pliegues del ombligo a veces
se esconden los peones.
Desempaquetando, conseguí desenredar el
nudo de carne y abrirme un poco más. ¡Nunca me había visto el ombligo
tan sonriente! Su diámetro se acercaba al de mi cabeza, una coincidencia
que no podía dejar pasar.
Una vez dentro, llevando ese sombrero
hasta los ojos me observé. Todo relucía color carne pálido y agradable.
La luz exterior se filtraba por mis poros y los tonos cambiaban, y
cuando yo respiraba todo respiraba conmigo, ¡como si estuviera vivo! Sin
darme cuenta ya estaba gateando por la cueva sin saber muy bien.
Me
preguntaba dónde estarían mis piernas, pero ya era tarde para
preguntarse eso. Me preguntaba también dónde me estaría llevando mi
ombligo pero, ¿no lo tendría que saber ya?
Iba desenredando los
blandos nudos carnosos como si pasase páginas de un libro. Era como si a
cada instante me encontrase al final del túnel, pero lo fuese
acariciando hasta ganarme su confianza. Luego se me dejaba pasar a un
nuevo final de trayecto.
Hasta que llegué por enésima vez a ese
mismo final de trayecto, pero ya no había nudos que desenredar. Era un
hueco suave y liso, pero siempre palpitando. Entonces me di cuenta:
"¡Claro, es un callejón sin salida! Ya he llegado..."
Me tumbé, me acomodé en ese rinconcito tan agradable y por fin,
pude seguir con mi siesta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario