miércoles, 16 de mayo de 2012

De pequeño nunca me gustaron los puzles. Me parecía un juego inútil, e incluso me angustiaba un poco ver un puzle acabado. Juntarlo sí era divertido, hasta que el rompecabezas se convertía en un aburrido dibujo con el que ya no podías jugar. Cuanto más claro se viese qué era realmente el dibujo, menos me interesaba. ¿Para qué quería yo un cuadro de un paisaje roto, con visibles junturas entre las piezas?

Siempre se me decía que ese era el fin del juego: revelar el secreto, devolver todas esas piezas a su verdadera forma. Ese era el juego: avanzar sin miedo, abriéndote paso entre los árboles hasta llegar al exterior; salir de ahí, ese era el objetivo. El placer era ganar, ¿o acaso no quería ganar?

Pero para mi los juegos no debían, no podían tener fin ni final. Me gustaban los juguetes con los que podías jugar indefinidamente, dando vueltas y vueltas por una eterna. Avanzar con miedo hacia ninguna parte hasta perderte. Perder, perderlo todo. Perder el miedo y seguir perdiendo. Con cada cosa que perdía yo me iba volviendo más pequeño, hasta que todas mis piezas desparramadas por el bosque pasaban a formar parte de éste.

Para mí el momento más bello de un puzle es el inicial. Ese es el mejor cuadro, mejor que un dibujo rancio de unas frutas en un bol. Cada pieza es una pintura onírica de sombras y texturas. Devolver todas esas piezas a su verdadera forma, para mi, era una estupidez. Esa era su verdadera forma, eso era un puzle para mí: una caja llena de bellísimas piezas.

Eso es lo que era para mí.

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