De pequeño nunca me gustaron los puzles. Me parecía un juego inútil, e
incluso me angustiaba un poco ver un puzle acabado. Juntarlo sí era
divertido, hasta que el rompecabezas se convertía en un aburrido dibujo
con el que ya no podías jugar. Cuanto más claro se viese qué era
realmente el dibujo, menos me interesaba. ¿Para qué quería yo un cuadro
de un paisaje roto, con visibles junturas entre las piezas?
Siempre
se me decía que ese era el fin del juego: revelar el secreto, devolver
todas esas piezas a su verdadera forma. Ese era el juego: avanzar sin
miedo, abriéndote paso entre los árboles hasta llegar al exterior; salir
de ahí, ese era el objetivo. El placer era ganar, ¿o acaso no quería
ganar?
Pero para mi los juegos no debían, no podían tener fin ni
final. Me gustaban los juguetes con los que podías jugar
indefinidamente, dando vueltas y vueltas por una eterna.
Avanzar con miedo hacia ninguna parte hasta perderte. Perder, perderlo
todo. Perder el miedo y seguir perdiendo. Con cada cosa que perdía yo me
iba volviendo más pequeño, hasta que todas mis piezas desparramadas por
el bosque pasaban a formar parte de éste.
Para mí el momento más
bello de un puzle es el inicial. Ese es el mejor cuadro, mejor que un
dibujo rancio de unas frutas en un bol. Cada pieza es una pintura
onírica de sombras y texturas. Devolver todas esas piezas a su verdadera
forma, para mi, era una estupidez. Esa era su verdadera forma, eso era
un puzle para mí: una caja llena de bellísimas piezas.
Eso es lo que era para mí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario