jueves, 17 de mayo de 2012

Destreza a medias

Clarear me ayuda a pinceladas,
y cada pincelada me congela por dentro
de una forma tan dulce que casi se me impide respirar.
Si pudieses ver la caja de cartón que me han dejado en medio de la calle
(bastante vacía, pero eso no es todo)
verías una pantalla de mimbre sujetándote las piernas.
Yo en tu lugar
gritaría "¡sacúdanme!", y treparía por las piedras hacia el vasto
y alto
sentido de tus comunes.

Querer ese mimbre me duele casi tanto
casi tanto como acariciarlo, y dejar que sus espinas me prohíban
salir de esta silla tan cómoda que me castra
visiblemente, delante de todos.
Y todos ríen con dientes cornudos que cristalizan una risa húmeda
transformada en vidrio claro que se asemeja al mimbre,
bastante al mimbre.

Me rodean pantallas sólo cuando yo quiero,
y mis dedos deciden cuando sangrar o cuando mentir.
Lo deciden trepando esa torre cielo, bastante,
realmente bastante cielo
que trepa hacia mi y se me sube, todas esas cosas tan claras y tan definidas
se acomodan en mi lugar y gritan "vacío no es realmente, cuando
te fijes más verás que ahora mismo no estamos gritando. Estos gritos se ablandan cada día
delante de tus narices. Si sólo vacío, sorber el vacío ruidosamente como un niño."

En medio de la calle
sigue ahí
esa caja de cartón pintada que, sea lo que sea,
me impide de una forma bastante locuaz
responderle adecuadamente. Si una cortina de hielo prohibiese que mis dedos decidieran
cada día, ahí delante,
esa caja tan de cartón doblaría la esquina con un llanto
¿suficientemente blando?
Eso contemplo yo, desde esta torre invertida.
El lugar más alto, y más vasto.
El lugar me grita hasta que no oigo nada.

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