No pasó mucho rato antes de que me tumbara con un chasquido de muelles (la cama era vieja).
"¿Ya estás cansado?" Su suéter era viejo también, pero la voz amable y risueña: Madelère me dirigió una mano al patio y añadió: "Suspira, amigo. ¡Hoy el patio brilla! ¿No podrías brillar tú también?"
"Ay, no me digas lo que debo hacer..." Me limité a cubrir las orejas del mueble con cojines, y saldarme a mi mismo con un trato que no podía rechazar. "¡Claro!", brillé de golpe. "Sube al techo y mándame un mail desde allí."
"¿Eeeh? ¡Qué palo!" No le gustó la idea, parece. ¡Ups!
"Ya sé que me lo puedes mandar desde aquí también, pero...¿no crees que los mails saben mejor cuando se mandan desde lejos?"
Pasamos horas discutiendo así, que si mandar un mail desde un bus no cuenta, que si el cartero no puede mandar mails (eso estaría mal)... Madelère se atrevió incluso a bromear sobre que 'eso estaría mail'. ¡La muy borracha! Enfurecí de golpe, como un árbol me crecieron los dientes por primera vez y salté de la cama al sofá. "¡Esas no son maneras, Mada! Quién eres tú para decir si la mail o la mula. ¡No entiendes mi corazón salado!"
"No llores primo, ché...aquí las lágrimas no saben igual que en Australia, ya sabes que si lloras aqu--"
"¡Lloro donde quiero, y subo al techo y me quemo!" Auténticamente buen día era el que hacía. Hoy era soleado, mucho mucho ¡buf!
El porvenir me dejó secreto. Mada se quedó de hielo cuando le conté la historia del mail intruso, y yo supliqué una y otra vez que me volviera a contar la misma historia. Quería saborearla, como si nos pasáramos hielo de boca en boca.
"¿Otra vez? Pero me la acabas de contar tú a mí...te la contaré igual. ¿O acaso quieres ver cómo se va distorsionando?"
"No, no me interesan esos juegos. Solamente quiero que me la cuentes ahora a mí. Quiero notar como esta historia (que es mía) me entra por los oídos a través de tu voz. Un cuento íntimo me sonará reverberado si eres tú."
Vaya peso, pensó ella. Poco a poco, el peso subió por sus ojos y salió húmedamente, vertiéndose por sus pupilas como dos fuentes del patio del cole, chorrito fino. Chorrito lindo. Las palabras crecieron en tamaño pero no en volumen, y Giuseppe agarró los cojines con fuerza para escuchar. Los muebles escucharon, las Matildas sonaban mal en un día tan feo (soleado pero feo), y yo...¡yo qué os voy a decir! ¡Jujup!
"Mmm..." gimió Gippi (Giuseppe). La piel le quemaba y el suelo parecía tiritar de buen augurio. "Ese día yo estaba..." sin avisar volvió él a empezar la historia. Esta vez sonaba más masticada, las frases sonaban cálidas al haber pasado por la boca de Mada. Ella primero intentó quejarse, usando alguna frase célebre como '¡qué es esto! ¿un juego de tenis?', pero calló. En su silencio, oyó la risa de un público enorme disfrutando con su sentido del humor, y con eso se quedó satisfecha y la calma envolvió la historia, esta 3ª vez en dirección contraria hacia Mada.
"Así fue," acabó él. "Estoy súper cachondo, checa. Vuelv--"
Sin poder acabar la frase Mada Junquera ya estaba en la marcha. Ojos en celo, la parrafada malgastaba el aire para poder salir lo antes posible. Esta vez las palabras, la entonación, eran muy diferentes pero se notaba que debajo de esa masa masticada aún existía él en su forma primogénita. Un Gippi bien cantero.
Soleaba toda la casa, porque el techo hacía horas que había desaparecido. Los buses ya no corrían, y el Internet había cerrado. No quedaba otra que irse hipnotizando mutuamente. Mada hablaba con furia y babeando un charquito canela a sus pies. Gippe iba alternando su atención entre el olor a saliva y la historia mutada. La charla cascó su cobertura y entró en modo alterno, dilatando el olor hasta que la sala parecía nueva. '¡Vaya!', pensó él, El Giffer. '¡Vaya, vaya, vaya!'
No había más sonido. Sólo cuerdas de mimbre desarrollándose en la oscuridad de esta nueva stanza, a la que intenté agarrarme. El techo caía en otro lugar y se oía a la perfección, por debajo de la cháchara de Masha. Con un estruendo magnífico se unieron el techo de crema y el suelo del patio, el patio del cole y el de casa. Por encima se oían las perlas del mueble, bien guardadas, sudorosas perlas de aceite candente recobrando vida por momentos. Geppe se derrumbó sobre la cama de nuevo, venas palpitándole en los pies. El patio, la gresca...al final el día era lindo pero severo, ese tipo de dualidades. Cerró los ojos y dejó que Mada lo duchara con huevo tibio, esa historia reabierta como fruta tierna (de este palo). Yo me vestí de iglesia, me dejé cepillar el ombligo por la fauna di la stanza, paseando por la jungla echando pedo tras pedo; el olor seguía siendo a saliva insípida.
Un bol, otro...colocados de pie sobre el camino de tierra, parecía cómo si a ratos el movimiento se olvidara de cerrar con llave. Dos filas de boles blancos y vacíos decoraban el puto corazón de la jungla. A ver, tampoco hace falta ese lenguaje tan rudo ahora, somos todos adultos al fin y al cabo. Pero en todo caso me agaché a acariciar uno de ellos. Parecía barro pintado de blanco y cocido al horno artesano. Boles buenos, y además separados por centímetros muy graciosos. ¡Ja ja ja!
"¡Uah!"
Geppe se despertó empapado en el suelo. Mada entró en su campo de vista a la vez que la jungla recobró la frecuencia, dejando a los boles hincados sobre el césped y rotos. Hincaron el culito esperando a que alguien los mimara, pero nadie quiere meter el pene en un bol roto. 'Eso es cierto...' pensó Mada, flotando sobre Sheppa. ¡Y mira que ella no tiene polla! Qué avispada...
"La entrada es angosta," me advirtió el Shepas. Acto seguido bebió un poco de Schweppes...no, no, es broma, no bebió nada. ¡Estaba empapado, hombre! ¡Acto seguido abrió la boca y...!
"Ese día yo estaba..." ¡Otra veeeez! ¡Noooo! (eso lo pensé yo)
Digo que lo pensé yo, porque no debe de ser confundido con lo que sintió Mada: namely, un bote de impaciencia febril. Rumbo al garaje, su aliento arrimó a las abuelitas. A raudales, peña, a raudales estaba su moto tiesa y fea. ¡Vaya raucha! Estaba siendo vestida por Geppe, a la moda Fabluér, un cuento portuario una 5ª vez. Dejó que ese juego de pases la montara a susurros, y rindió homenaje a su coño con una estatua en la plaza. ¡Sí, hombre, eso hizo! ¡Un aplauso!
"Quiero que me adviertas, Shep Shep...la apertura es Agosto, después de esto ya no hay suerte. Si se acaba Agosto se acaban las canicas. Dame más. Cuéntame esa historia por el culo. Ay no, qué guarra soy. ¿Acaso no soy guarra? Mi suéter es viejo, pero yo no soy vieja. Quiero tu cordura camaleón. ¡Pam!"
¡Cómo le gustaba a Geseppe que le dijera esas cosas la Mulda! Los dos, enjunglados, se metieron de golpe en la chorra. El patio desenfundado por fin ya veían el cielo verdoso. Tras horas en la sala este aire y los pies sobre la conca (el concríte, ya sabes, un poco de Guspa, de cemento), era maravilla. Estaban los dos en plan 'Nice', pasándolo bien sobre la Brota de la terraza. Culo al aire y sin parar de hablar un lenguaje de rumba (bueno, de hecho era un lenguaje líquido, glotoso) dispusieron de palomas y de vino, ese tipo de dualidades. Cansaron al blindado, cayeron en sueño sin dejar de follarse el uno al otro, se cayeron por el patio hacia la techa, el cremoso patio ya no volvía en si tras un disparo de este calibre.
Era enorme, bailar era enorme y saludar era para perros.
Mis lindos amigos cayeron, la jungla reabrió los huevos para dar paso al calabozo. Ninguno de los dos quería acabar allí; de hecho ninguno de los dos quería acabar. Bailaron, llamaron al pueblo y cantaron con voces de muelle oxidado, chirriando poco, la voz alegre cascada y creando un charco de boles goteando directos del exilio. Los labios de uno no paraban de gotear infernalmente hacia la caída en paso
sin ducha; sin calzoncillos, vamos.
Pasaron cubitos de hielo, de boca en boca
llenando el esfinge de zumo
Chiseppe se puso un collar de perlas
Madacca se puso un collar de perlas, sudando como un toro
saludaron:
darse la mano,
por fin
se dan la mano.
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