sábado, 3 de agosto de 2013

El sabor de Igualada

Salsa por los morros
gruñendo como un cerdo, solo y pelado
viejas pieles suaves sobre la silla, contornos soleados por los bordes de plata
y la piel ríe colgada, amable pero con fuerza.

Pienso en tus pies desde una terraza en India
y comiendo un curry pienso en el sabor de Igualada que me enseñaste al desnudarte
delante de todos menos tu madre. Te animé y te di piezas del sobre para arreglar los vergüenzos,
sin agujeros
caliente y brollando gritaste "¡El sabor de mi espalda!"
"Ya, ya", dije yo.

"¿No fue un lunes que fuimos al bosque a ver los matutanos?"
"¿Al cine Bosque?"
"No, no. Al bosquecillo del lado de tu piso, al cruzar la acera. Vimos unos diez matutanos sableando a una pobre niña a patadas de hierro."

Me sentí muy mal por haber mencionado los cines Bosque. Esto era un tema mucha más serio, y tuve que ponerme serio.

"Mira chica," dije. "Saltar la acera y adentrarse al bosque es la función de otros tipos de guardianes. No tienes por qué preocuparte tú ahora de temas tan delicados..."
Intenté acariciarle la cara pero supuso bien de llorar, porque en segundos su cara estaba rellena de harina. Yo lo llamaba 'las glosas'. Se puso a toser, los mofletes hinchados por esa cantidad. Tosió y se llevó los brazos al cuello. Al llegar, el cuello ya había echado la partida, y riendo con seriedad me molestó. Me supuse molesto y cogí el interruptor más cercano.

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