Nubes y un poco de viento que parecía torcer los bloques de pisos y arrastrarlos hacia la playa. Cada montaña un nudillo, estábamos en la palma de su mano llena de venas fosforecientes, rugiendo furia líquida sobre cada ladrillo.
Notaba cómo mi casa echaba a correr en sus sueños, el cuerpo rígido
ignorando sus piernas de pato musculoso pero immobil.
Era el día perfecto para salir a cazar. Pensé que tal vez las calles eran anchas por culpa del viento, y que las decisiones arquitectónicas y estilísticas de este suburbio no habían sido tomadas por sus habitantes; sinó por la gravedad, que formalmente ya impedía ciertos diseños y nos empujaba hacia otros.
Me froté los ojos y miré de nuevo: esas nubes me lo pintaban todo de otro color, ahora el barrio era adueñado por la biología, por tierra e insectos. Nosotros teníamos una serie de normas que seguir y las seguíamos. Las calles se separaban más y más, la playa era también una nube de ramas secas. Una visión muy de panfleto.
Cogí la jaula y me la puse en la cabeza, como una cesta de fruta africana. Saludé al portero del 4º piso, al portero del 3º, y decidí salir por la entrada del 2º piso esta vez porqué el tiempo parcía indicarlo. Sentí esas regulaciones asbtractas con más fuerza. Gritos cutres de loco en el metro,
una vergüenza para mis años de lectura. Si pusiera la oreja al suelo, incluso aquí en un 2º piso,
oiría las patas de insecto frotando el mundo hacia su destino.
Quedaba poco por decir. Me callé y salté los dos metros hasta la acera, la jaula en geométrico equilibrio con la espina dorsal. Lo había aprendido todo de un estereotipo africano, desde mi silla escuchando canto de molusco. Canto lento, enperlado,
singularmente aburrido. Si te jodes las piernas no hay nada como el aburrimiento para nutrir los huesos, caldear el pacto hasta que sepa a nueces.
De golpe ando, salto imagino ropa de colores, grandes pendientes pintura en la cara. Fruta, cantidades de fruta.
Anduve por la arena, la arena encima del asfalto frotada por la playa hasta la montaña forzando, forzando el cráneo de mi piso pero dejándome a mi en paz. Para andar me va mejor desperdiciar cada paso, mastico un segundo y los escupo. Derramo pasos como un caracol. Voy a mentir mentiras de diferente color, forma. Soplo una burbuja rellena del peor aliento para atraer a mi presa. Son anzuelos, lo admito, pero diferente color, forma, expande, muta, calca.
Mmm. Faaragüeña....
Mmm. Sultana.
Mmm. Castrosa.
Mmm. Quelsh la Vitta...
Mmm. Dura. Siempre así.
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