Esa mañana me desperté tieso como el cojín. ¡Como el que más! Dormí media hora y decidí saltarme las clases de geografía: total, ya me sabía todo lo que me contó la profesora en el back-yard Drisdelda.
Es un parque amancillado y lleno de sobres. Cada sobre es azúcar, no hay manivelas. Son sobres de bar pero rellenos de postre. Es un back-yard vertedero. Es un back-yard verdadero.
Me dijeron que salían los abuelos a follar a ese parque, de noche pasan cosas por este barrio. Me dijo la profe que me agachara y escuchara al caramelo de la tierra, ese planeta es un caramelo, me dijo. Un enorme sobre al vuelo, y yo lo voy a abrir y esparcir el dulce azucarinho.
"¿Cómo piensa usted abrir el planeta tierra profesora?", indagué.
"Simple. Hay dos techniques. Hay dos bichitos tiernos entren mis dientes, ¿ves? Los crujo y sale sangre verde de bicho, sangre de dibujo a grito.
Dos mil bromas en forma de espinaca cubriendo velas, velas de iglesia también verdes pero dulces, a contracorriente de tu pensamiento sobre el planeta tierra. Crujo el suelo y te suelto las bolas, niñato. Así sorberé toda tu polla y toda la tierra que hay en ella."
"Almaceno mucha tierra en mi polla, profesora", le advertí. Advertín Osborne.
Me crujió, cierto. La arena ladró acertijos hacia sus dientes al ser demolida, y su boca rompió a malas el centro lujoso de mis tetas. Petaron mis tetas masculinas también rellenas de arena como globos de agua usados para el mal. Mentí sobre todo lo que pude encontrar, y conté sólo una verdad pero la conté a medias. Se disfrazó mi culo de Gerardo el Payaso e intentó animarla, pero al final un culo es un culo (esto último le hizo gracia, o sea que para algo sirvió supongo). Lamí mis ojos con una lengua extra larga, pero los ojos son criaturas delicadas: echaron a sangrar como bebés humanos. Hundí pechugas de pollo en salsa rosa, pero eso le hizo llorar a ella. El llanto subió escaleras de espiral lentamente hasta claustrofobearse repentinamente en un hígado seco, tendido sobre el suelo de la plaza invernal del sobre mal cerrado. Las escaleras realmente llevan a ese lugar, pero mi sonido interno siguió tieso. Tieso y rancio, hasta que ni los abuelos se acordaron de sus planes en Dirsdelda.
Fue todo mi culpa, supongo. Pero la otra mitad la guardo calmadita en un bolsillo de carne. Eso al menos lo puedo mantener hervido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario