martes, 16 de abril de 2013

Tropical Sunset



Entré por la cornura de puntillas, deslizando los pies por el pasillo aún húmedo, pero sin andar propiamente dicho. Como dos lenguas de camello, los dorsos de mis pies lamen la trayectoria y me llevan consigo. Cierro los ojos, jadeando, y me dejo acompañar. Aún oigo el líquido, la fina capa que cubre todo este espacio: se me acumula en las uñas, va acumulándoseme hasta los tobillos. Voy afeitando el suelo en un baile paciente, mientras lo escucho todo en éxtasi desde mi cabeza cerrada. En negro, veo luces púrpuras, lejanas. Son caracoles muy lentos y de caparazón luminoso. Sonríen sin boca, echando brisas por los poros. Me acaricio el pelo con una mano mientras el aire sustituye a la otra y me acaricia la nariz. Lo corto todo: con mis dientes, mis dedos, corto el pastel en forma de pasillo. Lo lavan muy a menudo, es un constante adorno para satisfacerse a uno mismo.

Semi-agudo, esquivo las lámparas que vuelan hacia el sótano propulsadas por su propia estética polvorienta. Para esquivar me va bien alzar la voz, a gritos de chef que ensaya su propio programa. A gritos, de noche, muevo las manos y memorizo menús, nombres de invitados sorpresa, metodología ante las cámaras. De cocinar en casa a cocinar como espectáculo hay un muelle desatado, caigo de rodillas sobre las planchas de madera y salpico a los barcos. Salpico desde lo alto a las oficinas, la pausa les permite comentarios. Grito, y  lo esquivo fantástico. Soy el juez de mis más altos mandos. Caen miles de lámparas anticuadas por mis mejillas como lágrimas alérgicas. La prueba de mi estado cae lejos, aún reseca y cansada. Gime, el polvo y fango que recubre este trastero me entra en la garganta. Lágrimas de barro me felicitan por mi cumpleaños, sin embargo
yo estoy aquí
y ellas saltan de baño en baño. Son gotas densas y entrenadas, saben desencadenar las puertas al jardín,
al recibidor,
con solo caer, reventar su esfera y pasar de gota a entrada.

Frené. Al ritmo que ralentizo, abro los ojos, como si estuvieran cogidos de las manos esos dos eventos. Son eventos de gloria, y lo celebro.
Lo señalo todo con las manos: allí hay un círculo de puertas, y allí el arco desequilibrado de donde me visitaban todos esos hermanos incendiados. Esos hermanos lámpara ya yacen deshechos por el campo enmarcado, este pasillo de luces condensadas en minúsculas gotas entrada. Me limpio los pies de un suave manotazo, y lo noto todo con calma. El pasillo ya es ancho, complexificado a forma de habitación, o parque interior de un escenario sintético. Es el salón, es la tranquilidad de saber que las vistas desde el sillón dan directas a las vistas desde el mástil dorado que lo recubre todo.

Me retuerzo, decido la puerta. Es un tucán antropomórfico, de estatura primordial y pre-humana. Yo brindo con la copa, él brinda con el pico. Mi copa estalla, delicada, y yo río. "Que nuestros deseos queden grabados", rezo. Ese es mi brindis. Tucán, asiente de forma materializada con un cuello digital que introduce mieles poríferas al sistema orgánico de sus plumas, cada mañana. Le recuerdo lo que me sé, bien guardado: nombres de recetas, planos y bocetos mal doblados, gritos, cuchillos y mármol. Ya no es una cocina, es un santuario. Rodeado de lentes, estoy siendo observado por los platos que aún no he cocinado. Siento, por primera vez, la frescura del desierto sobre mis hombros. Pesa y me alivia, me confunde al mismo tiempo. Me confunden a mi por el invitado sorpresa. Lo dudo, y echo tos seca para confirmarlo. Miro de reojo, sin suerte: ya estoy siendo obligado a disfrutar de un evento mayor que los que creo a menudo. Revienta el pasillo como mi copa, en un brindis apocalíptico toda la luz de un sólo atardecer se reúne en mis ojos, dejando a todo ente ajeno duchado por sombra. Yo, sin pico, sin excusas de animales, debo disfrutar de un muelle soleado. Respiro hondo pero nada cambia. No tengo lo que se necesita en estos círculos. Círculos de puertas, mofándose de mi elevación al continente. Planes, diversiones para que duren un año; pero aún así yo no puedo ser obligado a disfrutar de esta atracción sin folletos o introducciones lentas, dadas por un yayo. Lo ruego, lo ruego de lado y de centro.

Finalmente, soy transportado por dos pesadillas amables hasta mis zapatos. No quiero. No quiero dejar de estar descalzo. Lo pierdo todo en un segundo: sin presentador, sin público. Sólo hay invitados. Sin sorpresa, un dulce antiguo muy premeditado. No pienso servirte un menú si no hay almas sobre la mesa. Sólo yo, sólo miles de invitados.

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