Un frío silbido rozó mi nuca. Giré el cuello con rápidez pero no vi nada. Algo me acechaba y se me hacía imposible saber qué era. El pasadizo se oscurecía a medida que iba avanzando pero tampoco quería regresar, en parte porque ya había caminado demasiado para echarme atrás y en parte porque tenía miedo a ese "algo" que sabía, casi con total seguridad, que me estaba acechando desde una posición más rezagada. Así que seguí a pesar de que ya no veía absolutamente nada. Caminé unas dos horas, o eso me pareció, pues no tenía reloj, avancé con las manos tocando las paredes de fría piedra, hasta que llegué a una pared de tierra o algo parecido, sin lugar a dudas un material de consistencia más blanda y estructura más porosa. Por el tacto me pareció que era arcilla. Pero muy pronto tuve que abandonar esa suposición ya que una vez hube hundido los dedos, empecé a notar un fuerza de succión que parecía provenir del propio material, o bien de lo que había al otro lado. En pocos segundos la fuerza de succión aumentó de tal manera que poco podía hacer para despegarme de esa pared. En pocos minutos me absorbió por completo. En seguida noté que dentro de esa sustancia era capaz de respirar mucho mejor que en el pasadizo.
Cuando me atreví a abrir los ojos solo pude ver una mancha marrón y borrosa pero en ningún caso me dolieron los ojos. Poco a poco, comencé a distinguir formas y colores. La sensación era de estar flotando en esa sustancia. Podía mover brazos y piernas con facilidad y sin embargo no podía moverme en ninguna dirección. Las formas que empezaba a ver eran generalmente geométricas y los colores iban variando rapidamente de oscuro a claro y de claro a oscuro completando innumerables ciclos.
En determinado momento me dio la sensación de atravesar una barrera o capa y los colores se volvieron definitivamente más oscuros, predominando el lila y el gris. Una vez allí, todo mi cuerpo se fue descomponiendo, me abandonaron primero brazos y piernas y, más tarde, el resto del cuerpo. Lo más raro es que seguía siendo capaz de ver y de pensar. No oía absolutamente nada, lo cual me dió una calma desconocida. Los olores iban cambiando, no se parecían a ningún otro olor. Pasé mucho tiempo sin pensar en nada, simplemente gozando de los colores y formas que cada vez eran más extraños. No sentía angustía ni dolor. Más bien al contrario, todo me parecía placentero.
Mediante ondas o algo parecido se establecía una comunicación entre la
sustancia y yo. Pensé que, tal vez, teniendo en cuenta que había perdido
mi cuerpo, me hubiera convertido en una o en varias formas como las que
veía por ahí y, por lo tanto, esas formas eran otras personas. La
comunicación establecida era puramente sensorial, nada había en eso que
yo pueda explicar con mediana claridad. Eran como un intercambio de
sentimientos. Identificaba sentimientos que no eran míos. La mayoría
eran horribles, de una tristeza insalvable. E intentaba conferirles otra
tonalidad, otra naturaleza. Los maquillaba con mis sentimientos que,
sin duda alguna, eran mucho más alegres.
Pero hubo un instante en que todo cambió. Repentinamente se me apareció una imagen que me provocó un horror tal que quise morirme en ese mismo instante y no sentir nada nunca más. La imagen no era en absoluto abstracta como el resto de formas y colores que había visto hasta el momento. Era como una foto aparecida de la nada. Era la imagen de un hombre negro vestido al modo de las tribus africanas subido encima de un leopardo enorme. El hombre se agarraba a lo que parecía ser una lanza clavada en la espalda del animal que sangraba abundantemente. No era precisamente una imagen agradable pero, pensándolo con frialdad, tampoco pienso que sea lo más horrible que una persona pueda ver. Sin embargo, la imagen causó en mí un desasosiego inaguantable. Cerré los ojos y no los abrí hasta que noté un dolor en los hombros lo cual me hizo suponer que había recuperado mi cuerpo. Al mismo tiempo noté como iba ascendiendo, atravesando capas y capas de tierra, hasta que alcancé, despues de mucho tiempo, la superficie. Al principio, la luz del sol me cegó totalmente, pero, poco a poco, me fui acostumbrando. Pude ver mi cuerpo intacto, llevaba puesta la misma ropa que antes. Seguía ascendiendo como propulsado por un reactor. Fui atravesando nubes. El valle se veía precioso desde la altura, aunque en ocasiones no conseguía verlo, por culpa de las nubes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario