Ven, te enseñaré a lamer: con dos manos bajas de lado a la alcantarilla, y con un péndulo calculas el nivel de opresión que están sintiendo tus amígdalas ahora mismo. ¿Bien? Pues ahora escúpelo. No hay lugar para el nuevo ser en este pantano ruidoso.
"¡Quiero volar por el castaño cuello de tu sueño!"
Me esnufé un poco de ese comentario. "¡Qué inútil! ¿Sabes que aquí sólo hay lugar para sonrisas volumen? Volumen por rancha, y la sonrisa...dentro de poco te saltará a la cama y no podrás parar de lloriquear sobre el fin del mundo."
"No, yo no soy así," me inauguró. "Tengo dientes, palancas de cera. Antes de poner la maquinaria en marcha ya se han derretido, y tengo un buen problema en las manos. Sin contestarte, te digo esto: si quieres un poco de Tartúlia, no te me sobes por la Manqa. Venga ya...si ya sabes que esto no saldrá bien."
En serio, si me cruzo a este tío una vez más, no podré hacer. Suspiré largo y ancho y añadí un piruetto:
"Salomé me contó lo tuyo."
"¿Ah sí?" Despistado él.
"Te lo cuento: cantó minuetos cada Sábado el año pasado--"
"Salomé nunca haría eso. ¡Venga ya! ¡Te interrumpo, Chairmano!"
Ay ay ay...no pude negar con la cabeza pero intenté, al menos, saborear un vasito del más fino elixir. Si quieres te lo preparo, es simple. Es bueno. Es rápido de preparar, y además te lo puedes llevar de casa.
Sin él (el elixir) me sederaría. Mucha sed, mucho ritmo. Ritmo en las caderas. Uff, sí, ¡sí!
"¡Sí!" Lancé el primer bosque al muerto. "¡Pásame esas caderas buenas, Manolo! Unas palmitas, te daré la base sobre la que podrás bailar. Te daré," pausé. "Un muñeco fingido señales rubias."
"No me hagas bostezar. Tengo más que hacer que salirme por las tuyas. Lo pienso todo el rato, pero: ¿no se parece tu nuca un poco al fango de ayer?"
"¿Eh?"
Nunca me había fijado en eso. Tuve que accederle ese puntito.
"Hombre," seguí. "Con eso no sirve el mantel de mesa. Ni para ahogarte, ni para darte un regalito. Invisible me has dejado, niño, ¡invisible!"
Bestia, muy bestia, ¿eh? Tengo imperdibles, pero no tantos, ya me entiendes... Sin saber que hacer me escondí en la chaleca. No puedo seguir así, ya sabes: las mandonguillas del pasado, ¿no? Pero eso no era todo... Eso seguía el instinto de un mozo encanchado. Lo metí en la Chancha. Pero sin saber nada. Eso no seguía por el puerto. Se metió erizo. Se me erizó. Tengo el mando sobre mundos, vaya vaya si tengo mando. Mucho pelo en el mango.

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