El jabalí se miró a los ojos a través del espejo. Los vio muy juntos, amarillos y rancios, casi podridos. Se dio la vuelta y bajó por las escaleras. Llegó a la cocina y preparó una tostada con crema silbando su canción preferida, una cubana, antigua, con muchas notas, que hacía las delicias de sus oídos. Siempre a punto siempre servicial, su sirviente, le trajo un taza de café con leche, la sorbió con sus labios de marqués, extraños, encajados en su mandíbula de jabalí.
Se anudó los zapatos y caminando siempre al frente salió de la casa y pensó en los franceses del demonio que querían su cabeza y su cuerpo cortado a rodajas "¡maldición, dueños de lo maligno! ¿No sabéis comer algarrobas en vez de carne de mis congéneres? ¡Malidición y mil veces maldición!".
Después de tan duras palabras se relajó excesivamente, se encendió un cigarro y se tumbó en el jardín. Contó veintisiete gaviotas y pensó en la felicidad y en el cencerro de su cuñado, apodado "El trotón", menudo embrollo de jabalí, menudo lío de piernas, menudo chollo de vendedor ambulante, este camino es una curva cerrada, un guiño a la juventud, una multitud de atletas borrachos intentando saltar su borrachera con una pértiga, un desbarajuste, a poder ser, sucio, con babas de gato, con sollozos de preso, con ribetes de dorados, con piscinas llenas de aire, amigo, te lo digo yo, te has despistado.
El jabalí tuvo una idea, una idea que brillaba, una idea brillante. Se contuvo a expresarla en voz alta pues nadie podía oírla, ni siquiera el sirviente, que estaba ocupado limpiando su despacho.
El sol calentaba la hierba y se encendían algunos insectos, enrojecían ofreciendo amor, que siempre es inútil, ya que su vergüenza echaba pa' atrás a todo ser viviente, sin embargo fue un zombi con cara de huevo el que abrazó un árbol, y el árbol no se movió, ni se inmutó; no tiene lo hay que tener para moverse, no me pondré a reflexionar sobre ello, es absurdo. Un lamento cayó de una nube alargada, de una de sus puntas surgió un pájaro que sonreía sonriente, riéndose entre dientes voló sobre nuestras cabezas. Nosotros lo vimos tumbados y dormidos, pero no en sueños.
Un escritor, escribía a pluma un texto sobre un papel amarillo. Sudaba a chorros, sin camisa, semidesnudo, sin mirar el papel, mirando al frente por una ventana, veía un pájaro acercarse, muy serio, una seriedad de reprimenda de profesor, por haber suspendido el examen de forma desastrosa.
El escritor en el comedor de su casa, solo, comiendo carne de cerdo, o de jabalí tal vez. Piensa en una noche oscura, llena de lunas, plagada de brumas, con brazos blandiendo puñales ensangrentados y esa clase de cosas. Una noche de terror.
La juventud es un recuerdo para el viejo pescador. Lágrimas horizontales caen en la luz de su linterna que intenta dar lumbre al fondo del mar, insondable. Remolinos de mar brava cruzan el barco, haciéndolo añicos, bravura sin par en tales remolinos, realizando cortes propios de una katana. Allá en la lejanía, un sol se despereza de santos, se descalza de mares y se sacude los gritos de la noche con suavidad, que es lentitud, pero también es paz.
Una tarde de mayo un vendedor de fruta extiende sus brazos agarrando y ofreciendo con sus manos dos grandes manzanas rojas. Su tamaño impresiona a un niño que no quiere comérselas, tan solo mirarlas, tal vez tocarlas.
El arte sufre dolores de barriga muy severos. Pienso en mi madre, qué buena mujer, sabe de todo, qué inteligencia, qué pasión, qué entereza, qué forma de vivir la vida. "Vivir la vida", una expresión que lleva consigo una obligada simpatía entre "Vivir" y "la vida". ¿Qué otra cosa se puede vivir si no?
Quiero vivir una hora de felicidad, que es una hora de vida: no hay escapatoria.
Mancharse la ropa al comer es lo más bonito que te puede suceder. No es suerte, hay quienes se manchan más que el resto, ¡son brutos, descarados y siempre sonríen como reyes mientras comen!
Quiero darte las gracias. Hemos llegado al punto final de la vida. Ya no hay vivir que valga.
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