miércoles, 8 de enero de 2014

Fui un traicionero, epa



            1

Al principio era inconcebible que llegara a comer del bol en el suelo. Luego, claro: con los años eso se estremece (la concebibilidad, digo) y cae al suelo también.

Es más agradable estar a cuatro patas si tus sentimientos van contigo y contempláis los planos desde el mismo ángulo. Si uno duda en esto, puede pasarse la vida pensando que corretea y echando a perder todo el potaje de ‘pesolets’. Es cierto que apesta, y su sabor... ¡Puaj! ¡Puaj! ¡Puaj! Pero no olvidéis, hermanos, que es lo único que os queda.

Si la entimienta, esa sentimienta se te jode y cae desde arriba tú te quedas sin guisado. Te va a joder toda la puta cabeza, tío. 

Por eso os digo que os preparéis. Vale la pena ir planeándolo para que, cuando llegue, puedas entrar en juego muy acartonado y muy tenso por si tu plan va mal. Al final esa es la única forma de no perder y de cogerse al estadio. Sin tupinelas. Se te mete toda la Gent Di Mezza en la caperuchita y ¡boom! Pantano suelto, sultán.

Y siempre acaba pasando. Al principio es inconcebible, y luego te pasas medio año hurgando antes de morir. Le pasó a Joe Castabelli, y puede pasarte a ti. Ésta es la historia de Joe Castabelli.


            2

“¡Madre mía, madre mía! En qué carajo me he metido, compañero...”

Salibur estaba muy triste, y roncaba por las noches (eso ya colmaba el vaso). En esa instancia hablábamos muy bajito pero muy, muy enfadados. ¡Fiu fiu fiu fiu fiu! Era una pelea de gatos.

“¿Saldar la cuenta? ¿Me pides que salde la cuenta? Te has creído bobo, tritón. ¡Anda ya!” 

Le eché a pastar la huevada, ¡ya te digo! Él nunca se fiaría de mí si lo echaba en cara todo (se lo, a él).

“Billy...pequeño Bob Joelini, no me dejes solo hombre...eres mi Joe, mi Cusinellas...”

“Castabelli,” repetí yo. Repetí lo que sentía, simple y puramente. “Soy un Joe muy cristiano, y te pienso rebentar la tripa. ¡Ja ja! No, no, Salsie no te inquietes. Esto se arregla en dos, como un cuajo de melocotón. Mira como caen las dos lonchas frescas en un arreglo, la fruta cae lenta. ¿Te has fijado en eso?”

“La fruta...cae lenta. ¡Es cierto! La fruta siempre cae lenta,” dijo él satisfecho. Nos dimos, después de eso, un buen y largo abrazo. ¡Buff! Lo dije con tacones, Merche. ¡Vaya frasecita!

De repente una voz nueva. Con un saltito cortés una figura entró al patio de romero. 


“Qué abrazo os veo daros, campeones, ¿eh? Vaya abanico de la amistad.”

Era Julio Pastore, el champion. ¡Mi mejor amigo! No, bueno, era también un buen compinche de Juanna (Salibur) y se sabía todos los juegos.

Su mano era un mantel ya listo para comer: unos guantes blancos, siempre una flor invernal en ellos. ¿Las manos? Eran de un rosa-carne muy pálido. Él era esbelto, siempre de ojos cansados, era un tipo siempre de ‘la gordura es cosa vuestra’.

Sus caderas...¡oh! ¡Si os hablara de sus caderas! Eran de un rosa fino, y muy ‘punchadas’ por el mar. Era roble puro, y de muy buen tipo. ¡Fiu fiiiu! ¡Qué guapo, Pastore! 

Dejó caer los pétalos de girdanio sobre la terracita y anduvo pensativo por el manillar un ratito.

“Ay, colegas...he estado pensando últimamente en el PERO, en el PARA SIEMPRE. Ay... ¿no querríais uniros a mi suspiro?”

En círculo, nos cogimos de los hombros y escuchamos atentamente. Detrás de mí era posible oír gotas frescas de hoja tierna, deslizándose hacia el césped. A través de las ventanas me veía a mí mismo en el reflejo, y veía también la cálida stanza. Sin aviso, suspiramos los tres a la vez casi echando lágrimas de felicidad.

¡Viva el manantial! ¡Viva las colegialas sexies! ¡Viva el cartucho del Game Boy Roto! 

¡Suuuuuuu Señoría, actualice su veredicto, actualice sus galletas, actualice su Ananás Griego! 

¡Maracuyá, Paseo!

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