1
Al principio
era inconcebible que llegara a comer del bol en el suelo. Luego, claro: con los
años eso se estremece (la concebibilidad, digo) y cae al suelo también.
Es más
agradable estar a cuatro patas si tus sentimientos van contigo y contempláis
los planos desde el mismo ángulo. Si uno duda en esto, puede pasarse la vida
pensando que corretea y echando a perder todo el potaje de ‘pesolets’. Es
cierto que apesta, y su sabor... ¡Puaj! ¡Puaj! ¡Puaj! Pero no olvidéis,
hermanos, que es lo único que os queda.
Si la
entimienta, esa sentimienta se te
jode y cae desde arriba tú te quedas sin guisado. Te va a joder toda la puta
cabeza, tío.
Por eso os
digo que os preparéis. Vale la pena ir planeándolo para que, cuando llegue,
puedas entrar en juego muy acartonado y muy tenso por si tu plan va mal. Al
final esa es la única forma de no perder y de cogerse al estadio. Sin
tupinelas. Se te mete toda la Gent Di Mezza en la caperuchita y ¡boom! Pantano
suelto, sultán.
Y siempre
acaba pasando. Al principio es inconcebible, y luego te pasas medio año
hurgando antes de morir. Le pasó a Joe Castabelli, y puede pasarte a ti. Ésta
es la historia de Joe Castabelli.
2
“¡Madre mía,
madre mía! En qué carajo me he metido, compañero...”
Salibur
estaba muy triste, y roncaba por las noches (eso ya colmaba el vaso). En esa
instancia hablábamos muy bajito pero muy, muy enfadados. ¡Fiu fiu fiu fiu fiu!
Era una pelea de gatos.
“¿Saldar la
cuenta? ¿Me pides que salde la cuenta? Te has creído bobo, tritón. ¡Anda ya!”
Le eché a
pastar la huevada, ¡ya te digo! Él nunca se fiaría de mí si lo echaba en cara
todo (se lo, a él).
“Billy...pequeño
Bob Joelini, no me dejes solo hombre...eres mi Joe, mi Cusinellas...”
“Castabelli,”
repetí yo. Repetí lo que sentía, simple y puramente. “Soy un Joe muy cristiano,
y te pienso rebentar la tripa. ¡Ja ja! No, no, Salsie no te inquietes. Esto se
arregla en dos, como un cuajo de melocotón. Mira como caen las dos lonchas
frescas en un arreglo, la fruta cae lenta. ¿Te has fijado en eso?”
“La
fruta...cae lenta. ¡Es cierto! La fruta siempre
cae lenta,” dijo él satisfecho. Nos dimos, después de eso, un buen y largo
abrazo. ¡Buff! Lo dije con tacones, Merche. ¡Vaya frasecita!
De repente
una voz nueva. Con un saltito cortés una figura entró al patio de romero.
“Qué abrazo
os veo daros, campeones, ¿eh? Vaya abanico de la amistad.”
Era Julio
Pastore, el champion. ¡Mi mejor amigo! No, bueno, era también un buen compinche
de Juanna (Salibur) y se sabía todos los juegos.
Su mano era
un mantel ya listo para comer: unos guantes blancos, siempre una flor invernal
en ellos. ¿Las manos? Eran de un rosa-carne muy pálido. Él era esbelto, siempre
de ojos cansados, era un tipo siempre de ‘la gordura es cosa vuestra’.
Sus
caderas...¡oh! ¡Si os hablara de sus caderas! Eran de un rosa fino, y muy
‘punchadas’ por el mar. Era roble puro, y de muy buen tipo. ¡Fiu fiiiu! ¡Qué
guapo, Pastore!
Dejó caer
los pétalos de girdanio sobre la
terracita y anduvo pensativo por el manillar un ratito.
“Ay,
colegas...he estado pensando últimamente en el PERO, en el PARA SIEMPRE. Ay... ¿no
querríais uniros a mi suspiro?”
En círculo,
nos cogimos de los hombros y escuchamos atentamente. Detrás de mí era posible
oír gotas frescas de hoja tierna, deslizándose hacia el césped. A través de las
ventanas me veía a mí mismo en el reflejo, y veía también la cálida stanza. Sin aviso, suspiramos los tres a
la vez casi echando lágrimas de felicidad.
¡Viva el manantial! ¡Viva las colegialas sexies! ¡Viva el cartucho del Game Boy Roto!
¡Suuuuuuu Señoría, actualice su veredicto, actualice sus galletas, actualice su Ananás Griego!
¡Maracuyá, Paseo!
¡Viva el manantial! ¡Viva las colegialas sexies! ¡Viva el cartucho del Game Boy Roto!
¡Suuuuuuu Señoría, actualice su veredicto, actualice sus galletas, actualice su Ananás Griego!
¡Maracuyá, Paseo!
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