Una noche de Octubre me dormí entre las macetas de mi terraza. La terraza da al mismo cielo cada día, es un cielo con un continuo color rosado. Un cielo que estalla mil veces antes de llegar hasta aquí y darme la mano. Al despertar, al día siguiente, desayuné flores y escuché los ronquidos de mi vecino que se prolongaron hasta la hora de comer. Hasta mi hora de comer. El vecino solo cena solo cena alubias pintas y estrellas y manchas de musgo. El día entero pensé en tragarme más de mil galletas. Galletas con forma de pez. Un surco en mi barriga, una almohada en mi mejilla. Sonreí tres horas seguidas en esa almohada. Y más tarde anochecí un grito de espigas, salvé a una tortuga, el naufragio absoluto de mi día lo pasé con dos leones y una manta raya, en el mar.
Cariño, hoy vuelco el plato de arroz en mi oreja porque dices que mi ojo es verde y eso no es cierto. Acuchillaré un desierto de carne para no verme nunca más. Tus uñas cortan la hierba que sale en mis pupilas, arrástrame a un vecino mejor, que ronque hasta la noche o hasta la luna o hasta mi bocapruna. Tercera en la prueba de velocidad, mi golondrina, Almendra. Las nubes, miles de nubes muy finas, muy suaves atraviesan a Almendra que herida de nube mi ave desciende siempre y no baja nunca.
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