Sin una sala
vacía, ni antorchas, ni quejas de los vecinos. Aunque, claro: los vecinos llevaban
dos años muertos. La sala vacía, en esos tiempos esa dragona no podía ser nada
sin sus trucos. Y lo hizo sin cobertura, sin cobijo y con mucha marcha. Me dejó
helado.
En medio de
un surco hecho a mano rasa, de dejar hilos de tierra por casa, se subió esa
maldita pollera al costado inferior de la terraza y gritó: ‘¡Calamba!’
No imitaba a
un chino, era parte del ensayo. Y subía, cansaba a los vestuarios... ¡era una
puta Dragon Face! Madre mía...
Todo esto,
recordemos, lo hizo sin sala ni tiza. Cogió un puñado de pantalones y los
arrojó al soldado. ‘¡Au!’ gritó, y se saldó la espera con un meñique (¡Click!).
Unos tiempos sin igual, mejor dicho (esto es porque he borrado lo que decía
antes, que era peor).
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