Contorneándose, el
pequeño sofá siguió deslizándose por el suelo hasta chocar con la
puerta.
–Hombre –rió
Sansúlo–, ¿ya no puedes más?
El sofá, de un verde
mohoso, gimió como un perro sin saber qué hacer.
–Apuesto a que estás cansadísimo, agotado. Te mereces un descanso, digo yo.
–Déjalo en paz, papá.
Sansúlo tenía un hijo
bastante bocazas que nunca sabía callar en los momentos adecuados.
Aún así, seguían viviendo juntos en una casita al margen del
pueblo. Tiempo atrás Sansúlo había sido venerado como un maestro
de la decoración de interiores. Manadas de interioristas lo iban a
visitar cada semana, se entrevistaban con él, o simplemente
observaban la casa desde arbustos, babeando. Las historias llegaron
incluso a los pueblos vecinos, y pronto la casa estaba rodeada de
carpinteros estupefactos.
–Qu-¿qué porquería es ésta? –estallaron todos– ¡Vaya mierdolo! ¡Estos muebles pertenecen al vertedero, no en una casa!
–Pero…¡es tan bello!
–dijeron otros.
En esa ocasión, Sansúlo
respondió tan bien como pudo. Pero no muy bien…
–Este pueblo es, como
habréis notado, muy pobre. No tenemos buenos carpinteros, buenos
herreros… Sin embargo, la combinación lo es todo. Yo combino como
un babino, y esto es lo que sale –hizo un gesto con las manos para
señalar su casa, pero creo que los carpinteros no lo entendieron y
le miraron las manos. Sansúlo, muy disgustado, dejó
su discurso a medias y entró en la casa.
–Mi padre es lo mejor
que hay--
–¡Calla! –gruñó
Sansúlo con los dientes muy apretados– ¡Calla! –ahora casi un
silbido…
* * *
De esto ya hace mucho
tiempo. Ahora viven los dos muchachos en la casa pero los muebles
están huyendo. Ahora se acaba de ir el sofá, el livin está
vacío.
–Papá –aventuró el
hijo–, ¿no crees que tendríamos que comprar un poco de comida, de
comida rica?










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