A veces, cuando voy a la playa se me bajan los pantalones solos y muestro inintencionadamente la minga a todo el mundo. Sobretodo me pasa en las playas más abarrotadas donde más gente puede verme, vamos, una putada. En unos segundos, todo el percal a la vista de cualquiera, qué vergüenza. Pero eso no es todo, una vez bajados los pantalones con la minguella al descubierto, normalmente, se me mete la pisha en el refresco de algún señor o señora. Quiero dejar claro que no hay ninguna intención por mi parte. Ella actúa sola, yo no hago nada. Y claro, mi pilón ha probado de todo: coca-colas, fantas, kalimotxos, tintos de verano, cubatas, zumos, trinaranjus y... gatorade. Especialmente el gatorade es lo que más le gusta a mi parra desbocada. No tiene reparo ninguno en meterse en el mejor Gatorade de la playasamba. No se el porqué de esa extraña fijación (nunca me da explicaciones). Y no es usual encontrar ese tipo de drinkin en el limbo del limo. Pero ella, salvaje porra, siempre encuentra el camino más corto al gatorade más fresquito. Menuda perdición. Claro que estos bailoteos son para mí un desastre social muy grande, pero cuando la veo ya metida en el vaso en cuestión, con hielecillos o sin ellos, con todo el gustete, saboreando la platita, como sobada en la frescura del ratatá, tengo que reconocer que me alegra mucho el día. Sé que en ese instante es feliz. Incluso me enorgullezco de ella y pienso "mirad, es mi lomo en tu drinka", "esta sí que sabe" o "aprende algo perrito barrigudo".
En cuanto miro a la cara del desafortunado o desafortunada señor o señora, esa felicidad se tambalea como un viejo borracho haciendo surf. Se tambalea de esa manera. No es muy habitual que un viejo con problemas con el pimple se ponga a darle al surfing, pero no me vais a decir que meter la brida en la salsa de la peña es normal. Es, por lo menos, una intromisión barriobajera e inesperada. Y casi lo peor de todo no es meter el pito en el vaso, sino que mi elemento permanece ahí, sin ninguna compasión, claro, disfrutando del momento. Y a mí se me queda una carita de " ay qué mona, qué ternura, qué ternasco" efectivamente una cara de lamebragas de "agarrate aquí y no te menees". Sé que no está bien, porque no lo está. Pero no puedo evitarlo. De las consecuencias inmediatas de estas fechorías prefiero no hablar. Sería una falta de educación, un atentado a las buenas maneras. Así que prefiero callarme la boca, como una puta.
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