Chaquetas que se te hunden por los poros y desaparecen.
Eres un juerguero. La jeringa, la balista, ¡no me mientas! Sé que te metes bombones por el ano,
siempre tan oportuno,
quéjate a conserjería y pídeles otro chaleco de guardia, pidiendo ahí en bolas y los pies sobre la catifeta roja, vaya hotel más lujoso en el que te has metido pero tú ya sabes que no vales para este mundillo. Pidiendo miel, pidiendo solecillo en las nalgas. ¡Anda que si te pillo, te como bien rico rico ñam ñam mm mm! ¡Mm, mm, mm! Suéltalo el jugo, ven y dame un abrazo sobre este suelo de ranas en el hotel, ¡caramba! Suelecito en las palanganas, potando prótesis toda la noche, el cuello me duele y me sabe a plástico. Vomitando palanganas aún más grandes que la en la que estoy vomitando. Pesadillas. Brutales pesadillas de risa me afalagan, quins peuets, tienes pinta de ser muchacho.
Perlea, sabes que te gusta perlear. Volvamos a la habitación de este lujo, saboreando los pasillos de mármol y plantas, ascensores caros y ignorando el ruido del mostrador. Volviendo cubiertos de bálsamo a la calle dejando un rastro finísimo, de la calle a la habitación de ese mismo hotel. Una calle interior, las calles son jardines para este establecimiento: así de ricos son. Mastican con fuerza y pudren los bordes de la escalera al subir. Así es todo cada vez más peligroso.
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